El pasado 12 de octubre, con motivo del Día de la Hispanidad, se convocaba en la Plaza de Catalunya de Barcelona una concentración para celebrar la españolidad catalana. Como respuesta a los gritos separatistas que parecen haber arreciado en estas últimas fechas, miles de ciudadanos catalanes, así como otros venidos de diferentes puntos del país, se manifestaron en el corazón barcelonés para reivindicar su doble condición de catalanes y españoles. En un ambiente festivo, plagado de senyeras, banderas españolas y pancartas diversas en favor de la unidad nacional, se dieron cita todos aquellos que no aceptan que Artur Mas se haga dueño de su silencio en pos de la secesión. Pese a la lluvia que cayó sobre la ciudad condal durante la mañana, los actos se llevaron a cabo con total normalidad, no habiendo incidencias reseñables [1]. Como colofón, se procedió a la lectura de un manifiesto [2] en el que los organizadores dejaban clara su intención de no renunciar a su hispanidad para aceptar su catalanidad.
A nosotros nos parece positiva cualquier iniciativa que apoye la unidad de la Patria, especialmente cuando son los propios catalanes los que a diario sufren la tiranía separatista de las élites que la promueven. Pese a que algunos políticos pasaron a "hacerse la foto", creemos que el protagonismo fue copado, como no podía ser de otra manera, por la marea popular. Vaya desde aquí nuestra felicitación a los manifestantes y a todo el pueblo catalán por este grito, que contesta y reprueba la acelerada deriva secesionista que en los últimos meses está viviendo Cataluña. Confiamos en que la pasividad haya sido al fin enterrada y florezca en el territorio catalán el espíritu inconformista e hispano que tanto deseamos. Nuestro apoyo, compatriotas.
Marcvs
[1] Fuera de la manifestación, se produjo un intento de agresión a un hombre que paseaba con sus hijos portando una bandera española.
[2] Puedes leer el manifiesto, en castellano y en catalán, aquí.
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martes, 16 de octubre de 2012
lunes, 15 de octubre de 2012
Con la Iglesia hemos topado
Este fin de semana hemos podido desayunar con unas declaraciones que, lejos de asombrarnos, nos parecen una patada más a la maltrecha España. El obispo auxiliar de Barcelona, Sebastià Taltavull, ha salido al paso de la problemática separatista de Cataluña para posicionarse del lado del secesionismo. Bajo la excusa de respetar las decisiones del pueblo catalán mientras éstas sean mostradas de modo "democrático y pacífico", el clérigo abre la puerta de las parroquias para que desde "la casa del Señor" se bendiga a cuantos opten por la ruptura de la Patria. Contradicen estas palabras a las de la Conferencia Episcopal Española, que en recientes manifestaciones se mostró en abierta oposición al independentismo. Ante el gallinero eclesiástico, no nos resistimos a hacer un breve comentario.
Es por todos conocida la afición que tiene la Iglesia - acaso la española en mayor medida - de inmiscuirse e intentar influir en las políticas nacionales. El caso del separatismo vasco, en el que desde los altares se perdonaba a los terroristas de ETA y se arengaba a sus seguidores, es especialmente grave. Ahora se muestra desde la alta jerarquía eclesiástica catalana una connivencia con quienes aspiran a la secesión de una región española. Bien, no es nuestro objetivo aquí atacar a una confesión religiosa por el mero hecho de ser tal, sino que necesitamos mostrar nuestra oposición más clara a cualquier tipo de injerencia que una religión pretenda en asuntos de Estado. Sabemos que cerca de la mitad de los españoles afirman sentirse o declararse cristianos, de modo que sería antisocial adoptar una postura antirreligiosa como colectivo que aspira a - en mayor o menor medida y a cualquier nivel - influir en la política de España. Nada tenemos en contra de quien en su fuero interno vive su fe, con algarabía o sin ella; ahora bien, no aceptamos que confesión alguna pretenda tomar el timón de los destinos de la Patria. ¿Tiene la Iglesia derecho a opinar sobre estas cuestiones? Derecho, tiene, de lo que carece es de nuestra legitimación. Tienen las religiones el poder, casi sobrenatural, de enfangar todo aquello a lo que se acercan, de modo que apostaremos siempre por mantener limpios y libres de barro los asuntos de incumbencia nacional. Hay fieles que no ven sino a través de los ojos de su obispo, de tal modo que este tipo de afirmaciones nos parecen, cuanto menos, de una imprudencia notable. Históricamente la Iglesia católica ha sido en España la amparadora de los más reaccionarios zarpazos que ha sufrido el pueblo y la mantenedora de los diferentes regímenes empleando su influencia sobre los creyentes, a los que amenazaba con "el fuego eterno" si osaban discutir el mandato del cura de turno. Cuatro décadas de nacional-catolicismo durante el régimen del general Franco son la muestra más patente que tenemos en nuestro país del problema que supone fusionar política y fe. Creemos que merece ya la sociedad española deshacerse de este lastre, que ya lleva siglos sobre sus hombros, para al fin poder desarrollar con plenitud sus formidables capacidades. Disculpen los lectores la excesiva brevedad, en próximos comentarios ahondaremos en esta cuestión, que nos parece de gran importancia y merece ser analizada con amplitud.
Aspiramos a que España supere el obstáculo religioso; si se puede saltar, saltaremos, pero si es necesario derribarlo, no mostraremos reticencias para proceder a su quiebra. No queremos ningún tipo de Sharia -islámica, católica o como fuere - en nuestro suelo hispano. Que los curas se dediquen a repartir hostias en misa, que nosotros haremos lo propio en la calle si fuera preciso.
Marcvs
Aspiramos a que España supere el obstáculo religioso; si se puede saltar, saltaremos, pero si es necesario derribarlo, no mostraremos reticencias para proceder a su quiebra. No queremos ningún tipo de Sharia -islámica, católica o como fuere - en nuestro suelo hispano. Que los curas se dediquen a repartir hostias en misa, que nosotros haremos lo propio en la calle si fuera preciso.
Marcvs
lunes, 24 de septiembre de 2012
La consigna: España, una e indivisible
Se habla en estos días - a veces con una ligereza insultante - de una posible y pronta declaración del estado catalán que se llevaría a cabo de forma unilateral. No cabe por nuestra parte más que mostrar la más enérgica oposición a las pretensiones secesionistas del gobierno de Artur Mas (o de cualquiera que sea quien quiera la ruptura de la unidad de la Patria) y prometer la más firme de las oposiciones ante esta afrenta traidora. En próximas entradas haremos un análisis de esta situación. Por el momento, hacemos nuestras estas palabras de Ramiro Ledesma:
"Hay que impedir que la disolución de España se lleve a efecto con música de aplausos, obligando a los disidentes a una actuación armada. A nosotros no nos importa la concesión de autonomías administrativas, pues esto favorecería quizá la eficacia del Estado. Pero sí denunciamos que no es eso ni nada que se relacione con eso lo que solicitan y quieren los separatistas. Existe todo un programa de asalto a la grandeza hispánica, al que colaboran los inconscientes de más acá del Ebro en nombre de la turbiedad democrática-burguesa que concede libertades y disuelve pueblos. La política separatista se propone realizar sus fines en tres etapas. Una, la actual, encaramándose a los puestos de influencia en Cataluña y desde ellos educar al pueblo en los ideales traidores. Otra, intervenir en la gobernación de España, en el Poder central, con el propósito firme y exclusivo de debilitar, desmoralizar y hundir la unidad de nuestro pueblo. Por eso decíamos hace quince días, que no hay que prestar sólo atención a lo que los catalanes pretendan y quieran para Cataluña, sino más aún a lo que pretendan y quieran para España. Su segunda etapa consistirá, pues, en debilitar nuestro ejército, esclavizar nuestra economía, enlazar a sus intereses las rutas internacionales, propulsar los nacionalismos de las regiones haciéndoles desear más de lo que hoy desean, lograr, en fin, que un día su voluntad separatista no encuentre en el pueblo hispánico, hundido e inerme, la más leve protesta.
La tercera etapa, cumplida en el momento oportuno, consistirá en la separación radical."
"España, una e indivisible"
(La Conquista del Estado; nº 14, 13 de junio de 1.931)
¡Juventudes hispanas! ¡A malograr esa tercera etapa!
martes, 11 de septiembre de 2012
Por Cataluña, contra el separatismo
Hoy es 11 de septiembre, en Cataluña se conmemora la claudicación de Barcelona ante las tropas de Felipe de Anjou (quien sería después Felipe V, iniciador de la fatídica y nefasta saga Borbón en España). Dejando de lado que el separatismo catalán ha empleado esta fecha y a Rafael Casanova como iconos secesionistas - cosa que jamás aceptaremos como cierta -, nos preocupa hondamente las manifestaciones y exclamaciones que se realizan en esta fecha. Se quemarán banderas españolas, se gritará contra la Patria, injuriándola gravemente, se exhibirán consignas traidoras y cobardes que atentan contra la dignidad hispana... Y todo sucederá ante la pasiva actitud y la mirada complaciente de los grupos políticos que gobiernan el país.
Mostramos nuestro más profundo asco y más absoluto desprecio por todos aquellos que atacan a España, no siendo menores el asco y el desprecio que nos merecen quienes, con su inoperancia, dan alas a tales ofensas. ¡Catalanes, que no os roben vuestro status de españoles! Espanya sense Catalunya no és Espanya!
¡Viva Cataluña! Amunt Espanya!
Marcvs
*A continuación adjuntamos el texto "El momento español. ¡Hispanos, de frente a Cataluña!", publicado en el semanario La Conquista del Estado.
EL MOMENTO ESPAÑOL. ¡HISPANOS, DE FRENTE A CATALUÑA!
Hay que impedir que España y la República caigan en el deshonor... Todos los españoles deben meditar sobre la nueva arquitectura del Estado
El ciclo histórico
El acontecimiento social y político más grandioso de nuestra época es esa nueva capacidad humana de no liberarse, de emprender con alegría la ejecución de magnas empresas colectivas, de renunciar al afán burgués por asegurarse su propio destino individual, pequeñito y solo. ...
Aquí en España hemos hecho, terminamos de hacer, una revolución liberal, muy justificada. Pues es evidente que urgía liquidar de modo rotundo los más leves resquicios de las tiranías feudales. Pero es también urgente salir de esta etapa inactual y mediocre. Y lanzarse a la realización sistemática del supremo destino hispánico, que consiste en el triunfo de nuestros valores y en el hallazgo de una articulación económica justa.
Pues bien, en esta hora de unificación nacional surgen voces de disidencia. Hay partes de España que se resisten a aceptar la nueva época y a mirar de frente las nuevas responsabilidades. Responden así a los últimos vestigios de las ansias caducadas. Aplican y traspasan los principios liberales de los individuos a las regiones. Es el liberalismo en su última consecuencia. Si la libertad, decía Lenin, destruye el Estado, nosotros añadimos que los romanticismos regionales destruyen los pueblos.
Pero nosotros nos opondremos a que se lleve a efecto sin lucha la destrucción de España.
Para ello hay que advertir el ciclo histórico completo que finalizo con la Gran Guerra. En el siglo XVI aparecieron robustos y equipados, capaces para la gran empresa que imponía la época renacida, tres o cuatro grandes pueblos: España, Francia, Inglaterra, Alemania. Todos ellos acomodaron la variedad interior al único imperativo de servir la grandeza nacional. Ello se consiguió adoptando cada pueblo sus futuros y entregándoles la vida sin reparo. Cuando periclitó la vigencia de las clases feudales y se hizo dueño de los mandos económicos el burgués, tuvo lugar en el orbe político una revolución, la instauradora de la libertad y del derecho del hombre a la disidencia. Sin duda, en el siglo XIX fueron fecundas tales afirmaciones. Hoy, cumplido el ciclo, los pueblos advierten, en cambio, la necesidad de algo que posea una firmeza absoluta. ...
Vuelven, pues, las disciplinas nacionales requiriendo a los hombres para aceptar los destinos supremos, los que trascienden de su control y satisfacción individual. He aquí la era antiburguesa ante nosotros, seccionando los apetitos ramplones. La gran España, que es nuestro gran pueblo, está mejor dotada que nadie para triunfar en la hora que se inicia. Tenemos reservas universales, espíritu imperioso, capacidad de riqueza y de expansión económica. Nuestro es y debe ser el mundo.
La deslealtad de Cataluña
Estos minutos optimistas que España vive no logran, sin embargo, interesar a las figuras directoras de una región hispánica, Cataluña. En su anacrónica ceguera, se empeñan en condenar a ineficacia a nuestro pueblo. Quieren su vida aparte, royendo nuestro prestigio histórico e impidiendo el futuro de España. Se basan en románticos anhelos y representan la época caducada. Son la reacción, la voz vieja. España debe obligarles a ir hacia adelante, a abandonar sus plañidos infecundos.
Todo ha de sacrificarse en esta hora al logro de una marcha nacional que garantice la pujanza hispánica. ¿Cataluña libre? ¿Liberada de qué? ¿Del compromiso de colaborar en la grandeza de España? Eso tiene un nombre gravísimo, que hemos de pronunciar con emoción serena: ALTA TRAICIÓN. Y debe castigarse. Estamos seguros de que el pueblo catalán no sigue a su minoría directora hasta el límite extremo de su actitud. Desde luego, los obreros sindicalistas, en magníficas declaraciones, han procurado quedar limpios de toda responsabilidad desmembradora. Es una prueba más de lo que antes dijimos acerca del actualísimo sentido político del proletariado. Quedan, pues, reducidas las apetencias hispanófobas a los núcleos retardatarios de pequeños burgueses y de intelectuales de mirada corta.
El pensamiento de Cataluña, hoy recluido en tan exiguos trechos, realiza una labor bien desgraciada, justificando y excitando los pequeños objetivos. La tradición hispánica, los siglos que sellaron la unidad, las glorias mismas locales de Cataluña, imponían actitudes muy diferentes. Los derechos históricos prescriben todos de un modo inexorable. Y el darles satisfacción, contrariando el espíritu del tiempo, supone inconsciencia suicida.
Al implantarse en España la República, los núcleos catalanes separatistas antepusieron la satisfacción de sus afanes a los intereses del Estado republicano naciente. Sin temer la posible reacción que en el Ejército o en el pueblo españoles pudiera provocar su actitud egoísta, proclamaron el Estado catalán y nombraron su Gobierno. Les bastó una mínima seguridad de que por lo menos en Cataluña se aseguraba el nuevo régimen para desvincularse de lo que aconteciera en el resto de España.
La estructura federal
No nos oponemos a que el futuro Estado republicano adopte una articulación federal. Tan sólo hemos de insistir en un detalle, y es el de que todo el período constituyente esté presidido por el interés supremo, que es el interés de España. Inclinarse hacia o preferir la estructura federal porque una o dos comarcas sientan reverdecidas sus aspiraciones locales, nos parece un profundo error. En nombre de la eficacia del nuevo Estado, sí. En nombre de los plañidos artificiosos de las regiones, nunca.
De ahí la necesidad de que, adoptando el régimen federal, todas las comarcas autónomas posean idéntico estatuto en sus relaciones con el Poder supremo. Las Cortes constituyentes no deben examinar el estatuto catalán, sino más bien el estatuto de las comarcas. Si queremos dar nacimiento a un pugilato absurdo de aspiraciones localistas y empequeñecer el radio de la mirada hispánica, desentendiéndola de los destinos superiores, basta con un desequilibrio en los privilegios comarcales.
Nos damos cuenta del peligro de que esto acontezca, otorgando a Cataluña un régimen distinto al de otras regiones. Si Cataluña pide más que Galicia, Vasconia o Castilla, es que se siente a sí misma menos dispuesta a acatar y servir los intereses comunes, los de la totalidad de la Patria, y entonces se hace merecedora, no de privilegios, sino de castigos implacables.
Siempre hemos creído que debe modernizarse el concepto comarcal, de forma que comprenda tanto los núcleos históricos como aquellos que se enlacen por conexiones actuales de sentido económico y comercial. Véase un ejemplo: la Confederación del Ebro, que extiende intereses comunes de regadío por territorios de tan diversa filiación histórica, como es la Rioja, la Navarra meridional, Aragón, sur de Cataluña, impide de seguro la fijación de un régimen autonómico idéntico al que se hubiera forjado hace quince años. Por eso ponemos tanto interés en que se robustezcan las entidades municipales. Estos organismos, una vez purificados de las extrañas faenas a que han venido dedicándose, pueden mejor que nadie tejer de nuevo las líneas articuladoras de las comarcas. Una vez acordada por las Cortes la preferencia federal, deben los municipios tender sobre el suelo patrio la red auténtica de las ramificaciones fecundas. Es el único medio de que no se intercepten voces artificiosas que reclaman ilusorias redenciones. Cuando los intelectuales de un gran pueblo no se elevan por cobardía histórica a la concepción nacional y pierden la justificación de los fines imperiales, acaecen las polarizaciones en torno a pequeños focos románticos, de cien kilómetros de radio, engendradores de todas las decadencias. Cuando muy pronto se proyecte sobre España la necesidad de su articulación federalista, conviene eludir el influjo de esos núcleos, y para ello nada mejor que el contacto inmediato con el pueblo. De ahí nace nuestro deseo de vigorización de la vida municipal, de atención a los clásicos concejos, que pueden muy bien ser la más limpia voz del pueblo.
Atención, pues, a los clamores falsos e ilusorios de algunas regiones, sobre todo de Cataluña. De un Estado en período constituyente nadie puede quejarse. No existen tiranías ni mordazas. Repitamos: ¿de qué quieren liberarse hoy los núcleos insumisos?
España, potencia de imperio
España, por naturaleza, esencia y potencia, es y tiene que ser un candidato al imperio. Las frases nacionalistas son aquí frases imperiales. España es un país de Universo, como las líneas cósmicas de Einstein. Sus rutas dan la vuelta al mundo, como nuestros navegantes gloriosos. En la hora actual, de frente a los proyectos federalistas, hay que acentuar el carácter de imperio que encierra la hispanidad. Sea ese concepto grandioso del imperio el soplo eficaz que presida la articulación de las comarcas autónomas.
Otorgar y permitir autonomías regionales, sí, pero a cambio del reconocimiento por todos de que la España grande es nutriz de imperio. Si todavía hay opiniones medrosas que se asustan de la magnitud de este vocablo, deben ser condenadas al silencio, como enemigas de la auténtica grandeza nacional.
Nada impide que las instituciones de la República, y quizá hoy ellas mejor que otras, dejen vía libre a la España grande, imperiosa y floreciente, a cuyo servicio deben estar sin titubeos todas las vidas españolas.
(«La Conquista del Estado», n. 8, 2 - Mayo - 1931)
Mostramos nuestro más profundo asco y más absoluto desprecio por todos aquellos que atacan a España, no siendo menores el asco y el desprecio que nos merecen quienes, con su inoperancia, dan alas a tales ofensas. ¡Catalanes, que no os roben vuestro status de españoles! Espanya sense Catalunya no és Espanya!
¡Viva Cataluña! Amunt Espanya!
Marcvs
*A continuación adjuntamos el texto "El momento español. ¡Hispanos, de frente a Cataluña!", publicado en el semanario La Conquista del Estado.
EL MOMENTO ESPAÑOL. ¡HISPANOS, DE FRENTE A CATALUÑA!
Hay que impedir que España y la República caigan en el deshonor... Todos los españoles deben meditar sobre la nueva arquitectura del Estado
El ciclo histórico
El acontecimiento social y político más grandioso de nuestra época es esa nueva capacidad humana de no liberarse, de emprender con alegría la ejecución de magnas empresas colectivas, de renunciar al afán burgués por asegurarse su propio destino individual, pequeñito y solo. ...
Aquí en España hemos hecho, terminamos de hacer, una revolución liberal, muy justificada. Pues es evidente que urgía liquidar de modo rotundo los más leves resquicios de las tiranías feudales. Pero es también urgente salir de esta etapa inactual y mediocre. Y lanzarse a la realización sistemática del supremo destino hispánico, que consiste en el triunfo de nuestros valores y en el hallazgo de una articulación económica justa.
Pues bien, en esta hora de unificación nacional surgen voces de disidencia. Hay partes de España que se resisten a aceptar la nueva época y a mirar de frente las nuevas responsabilidades. Responden así a los últimos vestigios de las ansias caducadas. Aplican y traspasan los principios liberales de los individuos a las regiones. Es el liberalismo en su última consecuencia. Si la libertad, decía Lenin, destruye el Estado, nosotros añadimos que los romanticismos regionales destruyen los pueblos.
Pero nosotros nos opondremos a que se lleve a efecto sin lucha la destrucción de España.
Para ello hay que advertir el ciclo histórico completo que finalizo con la Gran Guerra. En el siglo XVI aparecieron robustos y equipados, capaces para la gran empresa que imponía la época renacida, tres o cuatro grandes pueblos: España, Francia, Inglaterra, Alemania. Todos ellos acomodaron la variedad interior al único imperativo de servir la grandeza nacional. Ello se consiguió adoptando cada pueblo sus futuros y entregándoles la vida sin reparo. Cuando periclitó la vigencia de las clases feudales y se hizo dueño de los mandos económicos el burgués, tuvo lugar en el orbe político una revolución, la instauradora de la libertad y del derecho del hombre a la disidencia. Sin duda, en el siglo XIX fueron fecundas tales afirmaciones. Hoy, cumplido el ciclo, los pueblos advierten, en cambio, la necesidad de algo que posea una firmeza absoluta. ...
Vuelven, pues, las disciplinas nacionales requiriendo a los hombres para aceptar los destinos supremos, los que trascienden de su control y satisfacción individual. He aquí la era antiburguesa ante nosotros, seccionando los apetitos ramplones. La gran España, que es nuestro gran pueblo, está mejor dotada que nadie para triunfar en la hora que se inicia. Tenemos reservas universales, espíritu imperioso, capacidad de riqueza y de expansión económica. Nuestro es y debe ser el mundo.
La deslealtad de Cataluña
Estos minutos optimistas que España vive no logran, sin embargo, interesar a las figuras directoras de una región hispánica, Cataluña. En su anacrónica ceguera, se empeñan en condenar a ineficacia a nuestro pueblo. Quieren su vida aparte, royendo nuestro prestigio histórico e impidiendo el futuro de España. Se basan en románticos anhelos y representan la época caducada. Son la reacción, la voz vieja. España debe obligarles a ir hacia adelante, a abandonar sus plañidos infecundos.
Todo ha de sacrificarse en esta hora al logro de una marcha nacional que garantice la pujanza hispánica. ¿Cataluña libre? ¿Liberada de qué? ¿Del compromiso de colaborar en la grandeza de España? Eso tiene un nombre gravísimo, que hemos de pronunciar con emoción serena: ALTA TRAICIÓN. Y debe castigarse. Estamos seguros de que el pueblo catalán no sigue a su minoría directora hasta el límite extremo de su actitud. Desde luego, los obreros sindicalistas, en magníficas declaraciones, han procurado quedar limpios de toda responsabilidad desmembradora. Es una prueba más de lo que antes dijimos acerca del actualísimo sentido político del proletariado. Quedan, pues, reducidas las apetencias hispanófobas a los núcleos retardatarios de pequeños burgueses y de intelectuales de mirada corta.
El pensamiento de Cataluña, hoy recluido en tan exiguos trechos, realiza una labor bien desgraciada, justificando y excitando los pequeños objetivos. La tradición hispánica, los siglos que sellaron la unidad, las glorias mismas locales de Cataluña, imponían actitudes muy diferentes. Los derechos históricos prescriben todos de un modo inexorable. Y el darles satisfacción, contrariando el espíritu del tiempo, supone inconsciencia suicida.
Al implantarse en España la República, los núcleos catalanes separatistas antepusieron la satisfacción de sus afanes a los intereses del Estado republicano naciente. Sin temer la posible reacción que en el Ejército o en el pueblo españoles pudiera provocar su actitud egoísta, proclamaron el Estado catalán y nombraron su Gobierno. Les bastó una mínima seguridad de que por lo menos en Cataluña se aseguraba el nuevo régimen para desvincularse de lo que aconteciera en el resto de España.
La estructura federal
No nos oponemos a que el futuro Estado republicano adopte una articulación federal. Tan sólo hemos de insistir en un detalle, y es el de que todo el período constituyente esté presidido por el interés supremo, que es el interés de España. Inclinarse hacia o preferir la estructura federal porque una o dos comarcas sientan reverdecidas sus aspiraciones locales, nos parece un profundo error. En nombre de la eficacia del nuevo Estado, sí. En nombre de los plañidos artificiosos de las regiones, nunca.
De ahí la necesidad de que, adoptando el régimen federal, todas las comarcas autónomas posean idéntico estatuto en sus relaciones con el Poder supremo. Las Cortes constituyentes no deben examinar el estatuto catalán, sino más bien el estatuto de las comarcas. Si queremos dar nacimiento a un pugilato absurdo de aspiraciones localistas y empequeñecer el radio de la mirada hispánica, desentendiéndola de los destinos superiores, basta con un desequilibrio en los privilegios comarcales.
Nos damos cuenta del peligro de que esto acontezca, otorgando a Cataluña un régimen distinto al de otras regiones. Si Cataluña pide más que Galicia, Vasconia o Castilla, es que se siente a sí misma menos dispuesta a acatar y servir los intereses comunes, los de la totalidad de la Patria, y entonces se hace merecedora, no de privilegios, sino de castigos implacables.
Siempre hemos creído que debe modernizarse el concepto comarcal, de forma que comprenda tanto los núcleos históricos como aquellos que se enlacen por conexiones actuales de sentido económico y comercial. Véase un ejemplo: la Confederación del Ebro, que extiende intereses comunes de regadío por territorios de tan diversa filiación histórica, como es la Rioja, la Navarra meridional, Aragón, sur de Cataluña, impide de seguro la fijación de un régimen autonómico idéntico al que se hubiera forjado hace quince años. Por eso ponemos tanto interés en que se robustezcan las entidades municipales. Estos organismos, una vez purificados de las extrañas faenas a que han venido dedicándose, pueden mejor que nadie tejer de nuevo las líneas articuladoras de las comarcas. Una vez acordada por las Cortes la preferencia federal, deben los municipios tender sobre el suelo patrio la red auténtica de las ramificaciones fecundas. Es el único medio de que no se intercepten voces artificiosas que reclaman ilusorias redenciones. Cuando los intelectuales de un gran pueblo no se elevan por cobardía histórica a la concepción nacional y pierden la justificación de los fines imperiales, acaecen las polarizaciones en torno a pequeños focos románticos, de cien kilómetros de radio, engendradores de todas las decadencias. Cuando muy pronto se proyecte sobre España la necesidad de su articulación federalista, conviene eludir el influjo de esos núcleos, y para ello nada mejor que el contacto inmediato con el pueblo. De ahí nace nuestro deseo de vigorización de la vida municipal, de atención a los clásicos concejos, que pueden muy bien ser la más limpia voz del pueblo.
Atención, pues, a los clamores falsos e ilusorios de algunas regiones, sobre todo de Cataluña. De un Estado en período constituyente nadie puede quejarse. No existen tiranías ni mordazas. Repitamos: ¿de qué quieren liberarse hoy los núcleos insumisos?
España, potencia de imperio
España, por naturaleza, esencia y potencia, es y tiene que ser un candidato al imperio. Las frases nacionalistas son aquí frases imperiales. España es un país de Universo, como las líneas cósmicas de Einstein. Sus rutas dan la vuelta al mundo, como nuestros navegantes gloriosos. En la hora actual, de frente a los proyectos federalistas, hay que acentuar el carácter de imperio que encierra la hispanidad. Sea ese concepto grandioso del imperio el soplo eficaz que presida la articulación de las comarcas autónomas.
Otorgar y permitir autonomías regionales, sí, pero a cambio del reconocimiento por todos de que la España grande es nutriz de imperio. Si todavía hay opiniones medrosas que se asustan de la magnitud de este vocablo, deben ser condenadas al silencio, como enemigas de la auténtica grandeza nacional.
Nada impide que las instituciones de la República, y quizá hoy ellas mejor que otras, dejen vía libre a la España grande, imperiosa y floreciente, a cuyo servicio deben estar sin titubeos todas las vidas españolas.
(«La Conquista del Estado», n. 8, 2 - Mayo - 1931)
viernes, 24 de agosto de 2012
Tercer grado al separatismo
No cabe sino indignarse hondamente ante la decisión del gobierno del PP al conceder el tercer grado al etarra Josu Uribetxeberria Bolinaga. Hay que recordar, para contextualizar esta patada a las víctimas de la ETA - que no somos sino todos los españoles - que este terrorista es uno de los responsables del penoso cautiverio de Ortega Lara, que duró 532 agónicos días. Argumenta Fernández Díaz, a la sazón ministro del Interior, que se limitan "a cumplir la ley", estúpida excusa cuando las leyes son violadas de las maneras más flagrantes con cotidianidad diaria (citemos, por ser un clamoroso ejemplo, la "amnistía fiscal" decretada hace unos meses para que todos los defraudadores tuvieran la conciencia tranquila y el bolsillo aún lleno). En las cárceles fallecen numerosos presos víctimas de enfermedades de similares características a la que afecta al etarra, sin que nadie clame por sus penurias, pero sin tener aquéllos tras de sí el apoyo de una sociedad enferma que premia a sus verdugos como posee éste.
Sirva este ejemplo como el caso patético de lo que en España acontece con relación a ETA. Quienes piden piedad y compasión para con un torturador son los mismos que se niegan a condenar los cientos de asesinatos perpetrados por sus compañeros, siendo la situación resultante de una insólita perplejidad a ojos de cualquiera con una mínima dosis de sentido común. No sólo desde los sectores más radicalmente separatistas se tolera y se respeta la existencia de estos grupos (Bildu, Sortu, Amaiur...), sino que todos los partidos políticos que en el parlamento tienen escaño - salvedad hecha de UPyD - sienten un extraño síndrome de Estocolmo hacia los proetarras. Las inminentes elecciones en Euzkadi se prevén harto provechosas para toda la morralla separatista, que verá colmadas sus expectativas de, so pretexto del juego democrático, amputar a la nación una parte vitalísima como lo son las tres Provincias Vascongadas. Hemos llegado al absurdo de legitimar cualquiero cosa, y decimos bien, que salga de una urna. Para quienes se erigen como portavoces y representantes de España, la aniquilación y disolución de España sería respetable en grado sumo por el simple hecho de que el 50,1% de los votos obtenidos en un referéndum sobre esa cuestión se inclinaran hacia la tendencia suicida. Estamos inmersos en una vorágine autodestructiva en la que España, la nación más antigua y grande en la Historia de Europa, está supeditada a lo que diga una mayoría de personas que la pueblan en un momento concreto de su larguísima vida. "¿Qué se considera usted antes, español o demócrata?" Hágase esta sencilla pregunta en las cortes que dicen ser la voz del pueblo, la voz de España y se obtendrá como resultado una decepcionante mayoría de "Yo demócrata" en combinación con una larga lista de respuestas ambiguas en las que se negará incluso la posibilidad de disyuntiva, teniendo alguien que ser decididamente demócrata para poder optar al noble rango de español.
Cuando se habla de autodeterminación se cae en el error de poner el destino, la historia y la esencia de un pueblo en manos de unos habitantes puntuales del mismo. Vasconia no ha existido porque periódicamente se le haya preguntado a sus gentes si querían que ese bravo pueblo siguiera adelante, sino porque el rumbo de sus pasos se dirigía con firmeza hacia su consolidación como reino. De la misma manera no existe Francia porque los franceses digan mayoritariamente sí cada cierto período de tiempo a la unidad francesa. Es evidente que ante la idiota postura de ciertos sectores que desearían imponer en España una homogeneidad pseudocastellana insultante los pueblos no castellanos se sientan heridos. Precisamente radica en su diversidad la grandeza de nuestra Patria. Si nos merecen el más absoluto rechazo y desprecio los separatistas traidores, no menos oposición nos provocan los separadores que bajo el deseo de una nación plana y carente de enriquecedoras diferencias insultan a Vasconia o a Cataluña. ¡Están insultando a España! Se escupe a la Patria desde el capitalismo patriotero con cobarde disimulo y desde el marxismo etarra (recordemos la orientación ideológica de la banda, que no es casual) con ácido odio. Queda una vez más demostrado que ambos sistemas se revelan como maquinarias antinacionales que funcionan con la división y el efrentamiento del pueblo como principal combustible. Mientras nuestra nación siga dando cabida tanto a unos como a otros, estará condenada a una penosa situación de inacción y encadenada con los eslabones del desprecio recíproco que ambos se afanan en mantener unidos. Nuestra y de nadie más es la tarea, el deber de romper las pesadas sogas que ahogan a la Patria y así liberarla para que logre alcanzar unas cotas de grandeza e independencia que se sueñan altísimas.
Ante la indiferencia traidora de las derechas y la comprensión vomitiva de las izquierdas en relación al separatismo, confiamos en que ningún voto - vaya por delante nuestro desprecio al sistema parlamentario - se pierda ilusoriamente en apoyar a tal o cual partido del hemiciclo confiando en que con ello se logrará siquiera suavizar las afiladas dentelladas del secesionismo antiespañol. La solución para acabar con este atentado a la unidad patria no pasa por encumbrar al PP por encima del PSOE o viceversa, sino por presentar ante ellos, ante España toda, una bandera liberadora que a un mismo tiempo nos permita erradicar las causas del sentimiento separatista y - acaso sean la misma cosa- los siempre confrontadores partidos políticos.
Marcvs
Sirva este ejemplo como el caso patético de lo que en España acontece con relación a ETA. Quienes piden piedad y compasión para con un torturador son los mismos que se niegan a condenar los cientos de asesinatos perpetrados por sus compañeros, siendo la situación resultante de una insólita perplejidad a ojos de cualquiera con una mínima dosis de sentido común. No sólo desde los sectores más radicalmente separatistas se tolera y se respeta la existencia de estos grupos (Bildu, Sortu, Amaiur...), sino que todos los partidos políticos que en el parlamento tienen escaño - salvedad hecha de UPyD - sienten un extraño síndrome de Estocolmo hacia los proetarras. Las inminentes elecciones en Euzkadi se prevén harto provechosas para toda la morralla separatista, que verá colmadas sus expectativas de, so pretexto del juego democrático, amputar a la nación una parte vitalísima como lo son las tres Provincias Vascongadas. Hemos llegado al absurdo de legitimar cualquiero cosa, y decimos bien, que salga de una urna. Para quienes se erigen como portavoces y representantes de España, la aniquilación y disolución de España sería respetable en grado sumo por el simple hecho de que el 50,1% de los votos obtenidos en un referéndum sobre esa cuestión se inclinaran hacia la tendencia suicida. Estamos inmersos en una vorágine autodestructiva en la que España, la nación más antigua y grande en la Historia de Europa, está supeditada a lo que diga una mayoría de personas que la pueblan en un momento concreto de su larguísima vida. "¿Qué se considera usted antes, español o demócrata?" Hágase esta sencilla pregunta en las cortes que dicen ser la voz del pueblo, la voz de España y se obtendrá como resultado una decepcionante mayoría de "Yo demócrata" en combinación con una larga lista de respuestas ambiguas en las que se negará incluso la posibilidad de disyuntiva, teniendo alguien que ser decididamente demócrata para poder optar al noble rango de español.
Cuando se habla de autodeterminación se cae en el error de poner el destino, la historia y la esencia de un pueblo en manos de unos habitantes puntuales del mismo. Vasconia no ha existido porque periódicamente se le haya preguntado a sus gentes si querían que ese bravo pueblo siguiera adelante, sino porque el rumbo de sus pasos se dirigía con firmeza hacia su consolidación como reino. De la misma manera no existe Francia porque los franceses digan mayoritariamente sí cada cierto período de tiempo a la unidad francesa. Es evidente que ante la idiota postura de ciertos sectores que desearían imponer en España una homogeneidad pseudocastellana insultante los pueblos no castellanos se sientan heridos. Precisamente radica en su diversidad la grandeza de nuestra Patria. Si nos merecen el más absoluto rechazo y desprecio los separatistas traidores, no menos oposición nos provocan los separadores que bajo el deseo de una nación plana y carente de enriquecedoras diferencias insultan a Vasconia o a Cataluña. ¡Están insultando a España! Se escupe a la Patria desde el capitalismo patriotero con cobarde disimulo y desde el marxismo etarra (recordemos la orientación ideológica de la banda, que no es casual) con ácido odio. Queda una vez más demostrado que ambos sistemas se revelan como maquinarias antinacionales que funcionan con la división y el efrentamiento del pueblo como principal combustible. Mientras nuestra nación siga dando cabida tanto a unos como a otros, estará condenada a una penosa situación de inacción y encadenada con los eslabones del desprecio recíproco que ambos se afanan en mantener unidos. Nuestra y de nadie más es la tarea, el deber de romper las pesadas sogas que ahogan a la Patria y así liberarla para que logre alcanzar unas cotas de grandeza e independencia que se sueñan altísimas.
Ante la indiferencia traidora de las derechas y la comprensión vomitiva de las izquierdas en relación al separatismo, confiamos en que ningún voto - vaya por delante nuestro desprecio al sistema parlamentario - se pierda ilusoriamente en apoyar a tal o cual partido del hemiciclo confiando en que con ello se logrará siquiera suavizar las afiladas dentelladas del secesionismo antiespañol. La solución para acabar con este atentado a la unidad patria no pasa por encumbrar al PP por encima del PSOE o viceversa, sino por presentar ante ellos, ante España toda, una bandera liberadora que a un mismo tiempo nos permita erradicar las causas del sentimiento separatista y - acaso sean la misma cosa- los siempre confrontadores partidos políticos.
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